Gaudí

Genio entre los genios

Para mi genial

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Antoni Gaudí, un arquitecto genial y muy reconocido en todo el mundo, era un hombre de fe que practicó las virtudes cristianas. Las tres teologales: Caridad, Fe y Esperanza; y las cuatro morales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. El proceso de beatificación tiene mucho que ver con su vida, llena de inquietudes basadas en el amor los demás.
El arte de Gaudí es comprensible desde cualquier cultura. En todo caso, supone una ruptura con el proceso milenario de la arquitectura occidental de alejamiento progresivo de la naturaleza hacia el artificio y, a veces, la irracionalidad. Es normal que desde otras tradiciones culturales orientales, que han permanecido en la experiencia de lo natural, se sintonice con Gaudí. “He venido a coger el arte -decía- en el punto donde lo dejó el Oriente cristiano”.
Gaudí viajó poco, por ejemplo a Tánger, donde proyectó unas grandes Misiones Católicas, ilusionado con la propagación del Evangelio en Marruecos.
 
 Se sentía ciudadano del mundo. Un mundo de transformaciones, como la desaparición del imperio español de ultramar, la emergencia de los Estados Unidos y del Japón, los nuevos colonialismos europeos en Africa y Asia, la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, la independencia de naciones europeas hasta entonces sometidas a las unidades monárquicas, la aparición del fascismo y el nazismo, los cambios de vida provocados por los grandes inventos y descubrimientos como el teléfono, la luz eléctrica, el cine, la radioactividad, el aeroplano, la teoría de la relatividad, el automóvil, etc.
 
 Muchos de estos progresos se presentaron como contrarios a la religión, que quedaría arrinconada como cosa del pasado. De hecho, la vida de muchos santos parecía algo anticuada. Por eso la gente, buscando maneras de ser cristianos en la nueva situación, se fijaba en aquellos contemporáneos que vivían radicalmente el Evangelio en sus mismas circunstancias. Buscaba de nuevo el ejemplo útil de los santos cercanos, para iluminar la oscuridad de sus vidas. Es lo que ocurrió con el artista rechazado por los intelectuales, pero entendido por los pobres y humildes. Ellos acompañaron procesionalmente sus restos mortales por las calles. Y, a pesar de tratarse de un simple laico, entraron en la catedral y enterraron en una iglesia al pobre viejecito atropellado que había buscado ver la gloria de la justicia y de la misericordia de Dios.

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2 comentarios»

  rociolozano wrote @

Tanta cultura, me quedo sin palabras, ¿no sería mejor hacernos un viajecillo a ver a Gaudí en persona? Quiero decir sus obras, claro, a él sería más dificil…

  palomaviesme wrote @

No sería mala idea dar unas clases en la terracita de la Pedrera ¿verdad?


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